lunes, 17 de septiembre de 2012

LM II. Un intruso en la Cuarta Casa.


Manigoldo se encuentra sentado sobre el templo de la casa de Cáncer, con las piernas y los brazos cruzados. Taciturno, pensativo, ceñudo. Desde su llegada, no ha tenido tiempo de hablar con Sage abiertamente sobre lo sucedido en Italia, ni tampoco sabe demasiado de lo acontecido con el par de amazonas muertas en las proximidades del Santuario. Lo único que sabe es que posiblemente estalle una guerra, y que Shion ya le lleva ventaja.
Se presenta con cierta ansiedad y excitación. Los mejores guerreros de Poseidón, famosos por su fiereza en el combate, están allí abajo mientras él espera a que le den permiso para zurrarles. Y Shioncín está ahí abajo, seguramente dándose a base de bien con esos tipos.
- No es justo -replica en voz alta, molesto-. "Manigoldo, tienes que ir a Italia y..." -imita la voz de Sage, muecando teatralmente su seriedad y la expresión severa del anciano Patriarca-. "Manigoldo, esto. Manigoldo lo otro. ¡No seas imprudente, Manigoldo!" Bah... -Chasquea la lengua y se pone en pié, con una mano apoyada en la cadera-. Creo que voy a hacer lo que me dé la gana.

Gioca lleva ya tres días en la aldea de Rodorio, dejándose ver lo imprescindible y siempre con cuidado de que nadie vea lo que oculta su capucha. Ropa holgada para ocultar sus formas y su constitución, aunque se ve menuda. Los pantalones claros y las botas se ven más allá de la capa, que sólo le llega a las rodillas. Es el momento de entrar en el Santuario y hacia allí se dirige, aprovechando sus habilidades como ladrón para tratar de que nadie descubra su presencia. Tiene ante ella las largas escaleras de acceso al Coliseo y desde ahí, las que llevan a cada una de las 12 Casas. Pero lo primero es colarse entre aquellas columnas sin ser vista.
Por suerte para Gioca, parece todo el mundo concentrado en el Coliseo. Los guerreros se disputan las armaduras de bronce en combates singulares, donde demuestran su destreza y decisión en el combate. Aplausos, vítoress y abucheos inundan el lugar con cada nueva pelea. Todo tiembla ante los terribles impactos que se ocasionan los competidores, y un sin fin de técnicas son coreadas por encima de todos ellos.
 Sísifo y El Cid contemplan, cada cual con una opinión reflejada en la expresión de su cara, la sucesión de combates. En ocasiones, alguno de los dos se ve forzado a hacer las veces de árbitro cuando la cosa se va las manos a algún luchador. Pero tienen la atención puesta en esas jóvenes promesas.
Aprovechando el revuelo, atraviesa la parte posterior del Coliseo, bajo el graderío donde los caballeros y los aspirantes ven el combate. Avanza escondiéndose en cada hueco lo bastante grande como para albergarla y localiza el siguiente antes de seguir hasta él. Así llega a los pies del Templo de Aries, la Primera Casa. Vacía, pues su guardián se encuentra bajo las olas, frente al Hipocampo.
"¡Vamos! ¡Dale duro!".
La fuerza del griterío pierde consistencia a medida que los pasos de la ladrona le alejan del Coliseo. Un impacto colosal provoca que algo de polvo se desprenda de un pilar de la casa de Aries. La primera prueba a superar para aquellos que intenten, en estúpida osadía, enfrentarse a los Caballeros de Atenea. Pero en este caso, Gioca puede cruzarla sin ninguna dificultad. Puede que las dificultades lleguen más adelante...
Su primer instinto ante aquel golpe, que le pareció cercano, fue esconderse tras una de las columnas de la entrada del Templo. Siente que el corazón le va a salir por la boca. Si la encuentran allí, estará en problemas. Pero su objetivo está tres tramos de escaleras más arriba. Respira con profundidad para sosegarse y se adentra en la Casa de Carnero, para salir a las escaleras que llevan a Tauro.
Hasgard se encuentra frente a sus muchachos, sus discípulos, que escuchan atentamente al Gran Toro mientras él, con voz calmada y serena, les explica las antiguas guerras libradas contra Hades. Ensimismado en su relato de honor y grande, los jóvenes aspirantes se asombran ante tan fantásticas historias. Y todo esto ocurre, como era de esperar, lejos de la deshabitada segunda Casa.
Apenas pone un pie fuera de la casa de Aries, el grandeza del Santuario la sobrecoge. Desde la aldea no parecía tan grande. Allí, una vez atravesada la primera de las 12 Casas, parece imposible que alguien pueda alcanzar el final de aquella escalera infinita, de peldaños de piedra blanca, que sube hasta perderse de vista tras la montaña. ¿Y los habitantes del Santuario tienen que subir y bajar eso todos los días? Eso explica muchas cosas. Con paso ligero, sube las escaleras hacia el Templo de Tauro y lo atraviesa, escondiéndose tras cada columna, atenta a cualquier sonido que pueda revelar que no está sola.
Está teniendo mucha suerte y reza mentalmente para que no se le agote. Dos Templos y ni un sólo Caballero bajo sus techos. Tras dejar atrás la Casa del Toro, sus ojos se elevaron hacia el de los Gemelos. Un tramo más arriba, al final de la escalinata, le esperaban las blancas columnas que sujetaban el tejado a dos aguas. Miles de años después, las 12 Casas siguen en pie, protegiendo el Templo de la Diosa. Sólo pensar lo que aquellas piedras habían visto y oído... Pasó los dedos suavemente por la rugosa superficie tallada antes de cruzar el umbral de la Casa de Géminis.

Manigoldo erguido y más que dispuesto a ir en busca del Santo de Aries, extiende su dedo índice para abrir el portal Yomutsu. Los destellos en su mano le envuelven en un aura radiante y cegadora. No puede evitar una sonrisa socarrona al imaginar la cara del carnero cuando le vea aparecer. "¡Va a ser genial!" piensa, nervioso, hasta que algo le pone en tensión. Su intuición no suele jugarle malas pasadas.
Ha visto algo, pero pese a que sus ojos le engañaran, siente un débil cosmos cerca de la casa de Géminis. Evidentemente, no se trata de Deuteros, del que hace años que no se sabe nada y cuyo cosmos es infinitamente superior al que acaba de percibir. Tampoco es posible que se trate de un espectro, que habría sido aniquilado al instante. No. Es algo insignificante que ha pasado inadvertido, aunque por mala suerte, no para él.
-Háh.
Manigoldo deshace lo iniciado, y con ello el resplandor y la idea de ir a visitar al bueno de Shioncín. Total, ése se las arreglará bastante bien, y esto es enormemente más atractivo. ¡Pillar a un intruso! Menudas risas se va a echar con los otros, y menudo susto le va a dar al desgraciado. Con este pensamiento desaparece del tejado de la cuarta casa, dejando tan sólo el eco de una fuerte risotada.
Gioca se detiene a la salida del Tercer Templo. ¿Qué ha sido eso? Lo ha sentido antes. Varios años antes. Pero no con tanta intensidad y tanto poder. Traga con dificultad al darse cuenta de un detalle que había pasado por alto. No es la única que ha crecido. Pero después de aquel despliegue de poder, el Cangrejo desaparecía e iba al lugar donde los había llevado a ella y Albafika, aquella vez en Venecia. Eso significa que, si no se equivoca, no está en casa y que tiene vía libre para llegar hasta la máscara. Eso hace que apresure sus pasos hacia el Templo de Cáncer. Peldaño a peldaño, acompañada únicamente por el leve sonido de sus pasos contra la piedra, alcanza las columnas de la entrada. Por instinto, se oculta tras la que está más a la derecha, observando el hueco abierto de la puerta del templo. La luz exterior le impide ver con claridad el interior, así que, pegada a la piedra del muro, se cuela en el edificio, ocultándose lejos de la luz que entra de la calle.
-Vaya, vaya -la voz resuena en el interior del desierto templo, y rebota en las paredes. Está detrás de ella, apoyado precisamente en la columna donde segundos antes ella se escondió. Al unísono de su voz, se suma el violento movimiento de la pesada capa, que se revuelve cual llama ante la corriente que se filtra en la cuarta Casa-. ¿Qué tenemos aquí?
Gioca se gira rápidamente para encarar al guardián del Templo. Su espalda queda pegada a la columna, sus piernas ligeramente separadas y flexionadas. Está tensa, asustada. Sus ojos recorren la dorada armadura desde los pies a la cabeza. Y, de haber podido, se habrían abierto hasta casi no caberle en rostro. De toda la gente que podía haberla descubierto ¿tiene que ser precisamente él? En un acto reflejo, levanta las manos por delante del pecho, como si armase una torpe guardia.
Manigoldo se aparta de la columna y emprende la marcha hacia el intruso, acompañado por el metálico sonido de sus pisadas. Está sonriendo, esa sonrisa ambígua y confiada del que sabe tener el control total de la situación.
-¿Sabes que es de mala educación y una falta de respeto entrar en la casa de otro?
Gioca frunce el ceño. ¿Pero qué se ha creído?
-Los ladrones no solemos tener ni educación, ni respeto. Vivimos de eso -intenta sonar segura de sí misma, y agravar su voz para que no note que es una mujer. Total, ya la ha descubierto ¿qué sentido tiene mentir? Al menos podía volver a hablar italiano, que se le iba a olvidar con tanto griego por todos lados.
-Tendré que enseñarte modales -sentencia, quedándose a poco más de un metro de distancia con ella. Porque es una ella y no un él, encima es una mujer. Le da igual, aquí en el Santuario la intrusión se castiga, y en la casa de Cáncer, es el canceriano el que decide cómo castigar. Entre ambos cuerpos comienzan a aparecer destellos blancuzcos, con cierta tonalidad azulada; esferas que tras de sí dejan una corta estela de sus trazados.
Manigoldo extiende la palma de su mano, en la que pronto prende una intensa cantidad de cosmos a modo de ardiente llama, del mismo color que los fuegos fatuos que los rodean. Él no pierde la sonrisa, ahora un tanto más cínica, y se mantiene allí en pié observando la reacción de esa estúpida joven. Robar en la casa de Cáncer. Aquí no hay nada que robar, algo ha venido a hacer y piensa descubrir el qué.
Gioca ahoga una exclamación.
-Los fuegos fatuos... -sabe lo que viene tras ellos. El viaje al Yomutsu. No es un sitio agradable y no quiere volver allí... Sola-. ¡No se te ocurra mandarme allí otra vez! -se esconde tras la columna que está a su espalda, como si eso pudiese librarla del ataque.
-En realidad voy a hacer arder tu... -la verdad es que empieza la frase con un alarde de arrogancia bastante creíble. Pero enmudece de golpe al escuchar el "otra vez". ¿Mandarla adónde? ¿Al Yomutsu? Pero nadie al que haya mandado al Yomutsu ha regresado a replicarle. Manigoldo habla tras ella, que es justamente donde está ahora. Los dos detrás del pilar-. ¿De qué estás hablando? ¿De qué me suenas tú...? ¿De qué? ¡Habla!
Gioca se da la vuelta de nuevo, quedando entre el caballero y la columna, encarada a él.
-¡¡Estás loco!! ¡Deja de asaltarme por la espalda! ¡Vas a hacer que me dé un ataque al corazón!
Manigoldo se inclina a mirarle la cara, con los brazos en jarras y el ceño y los labios fruncidos.
-No puedes ser tú. Aunque sólo una niña descarada como tú podrías venir aquí y hablarle así a un Santo de Oro.
Gioca se descubre el rostro con un gesto enérgico, cargado de rabia. Frunce el ceño, como si pudiera fulminarlo con la mirada.
-No soy ninguna niña. Y no le hablo así a un "Santo de Oro", te hablo así a ti, porque eres inaguantable.
Manigoldo se retira a mirarla sin cambiar un ápice su expresión de desconcierto. Luego estalla en una fuerte risa, que pasa a una de regañadientes. La verdad es que sigue siendo una cría muy divertida. Tras reírse de ella en su propia cara, niega con un ademán de cabeza y chasquea la lengua.
-Voy a tener que sacarte de aquí, éste no es lugar para niñas sinvergüenzas.
Gioca siente como le hierbe la sangre. Enfadada y humillada. Además de que se ha visto descubierta sin poder si quiera llegar a la máscara. Le empuja del pecho -o más bien pone las manos en la armadura y hace ademán, porque no tiene fuerza para moverle-.
-Déjame en paz. Hoy has ganado, me has descubierto. Pero te lo dije. Y antes de lo que piensas tendré la máscara de Cáncer en mis manos.
-¿La máscara de Cáncer? -Ahora sí que lo ha dejado roto. Mira hacia arriba, viendo de refilón el borde dorado de la superficie que cruza su frente. Vuelve a sonreír, dedicándole una extraña mirada, que pronto matiza de arrogancia y vanidad-. ¡Nunca vas a conseguir esta máscara por ti misma!
-Eso lo veremos, Manigoldo. De una forma u otra, te arrancaré la máscara -y para dejar constancia de que hablaba en serio, golpea repetidamente el pecho de la armadura con el índice.
-¿De verdad has venido desde Venecia sólo a por mi máscara? -inquiere mordaz, escrutando en su cara y en sus ojos una respuesta más específica. Le resulta demasiado pretencioso y surrealista. Quizás es un ardid o una excusa, y es algo que va a averiguar-. Y pensar que has hecho el viaje en balde. ¡Una verdadera lástima!
-En realidad he venido a ver a Albafika, pero esto -abre las manos, como si abarcase alrededor, para indicar que se refiere a la casa de Cáncer- me pillaba de paso. Y ya que te había dicho que vendría a por tu máscara... -se cruza de brazos, levantando el mentón-, soy una mujer de palabra.
-Así que has venido a ver a Albita y yo estaba en el camino... -Vaya, parece que acaba de decir algo que le molesta. ¿Así que a Alba sí y a él no? ¿Sólo al pescado?- Uhm. Pues te quedan otras siete casas que cruzar. Así que no pierdas más el tiempo aquí, chata.
-No lo haré, tranquilo. Tengo cosas más interesantes que hacer que discutir contigo.
Con una última mirada de soslayo, se separa de él para dirigirse a la salida de la Casa de Cáncer, con zancadas amplias, que revelan que está molesta con él, apretando los puños y con el ceño fruncido. Su primer encuentro no había sido precisamente un reencuentro apacible.

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